La duda

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¡Estimado lector en la forma apropiada de saludo!

Cuanto más aprendo, menos sé: Creo que Goethe se refería a esto cuando dijo que «la duda crece con el conocimiento», que la duda aumenta el conocimiento.

Vivimos en un mundo profano regido por la cultura de las certezas, casi siempre efímeras y falaces pero consideradas infalibles, igual que el Titanic fue declarado insumergible. En este océano de falsas verdades, la brújula de la duda nos ayuda a navegar a través de lo que observamos, lo que pensamos y lo que vivimos.

El reto al que cada masón se enfrenta cada día es un reto de toma de conciencia, muy difícil de asumir, cuando al orgullo de haber iniciado y progresado en un camino de conocimiento, un camino hecho de experiencias de primera mano y mejoras pagadas a un alto precio, se opone el miedo a asomarse al borde del abismo de la propia ignorancia e incompletud. La conciencia de ser efímero y falaz, la aceptación de los propios límites y lagunas requiere una gran fortaleza: la de reconocer que eso es exactamente lo que nos hace divinamente humanos.

Así es como el masón, alimentando sus dudas, alimenta su hambre de Verdad.

La investigación de la Verdad es la tarea más difícil para todos los masones porque saben que es un camino que nunca terminará. A cada francmasón se le ha enseñado que no es posible poseer la Verdad, ya que no se puede captar por deducción sino sólo por intuición, y siempre de forma parcial y temporal, nunca en su totalidad. Nunca poseemos la Verdad; si acaso, en esos raros momentos en los que vislumbramos la Luz como destellos, es la Verdad la que nos posee. Y en este camino de conocimiento, la duda no es un velo frente a la Luz: la duda es coraje, es investigación, es motor. La duda es una cura: la cura contra el malestar del ser humano que intenta progresar sin aferrarse a certezas. Creer que una verdad ya está revelada (dos veces velada) conduce al dogma, a la imposibilidad de poner en duda lo que hemos intuido: la duda se destaca, pues, como uno de los elementos que distinguen a la Masonería de las Religiones. En efecto, estos últimos exhortan a poner la confianza en Dios, no en el Hombre, mientras que la Francmasonería pone la confianza en la Humanidad, porque en ella reconoce tanto la naturaleza humana como la divina.

Así pues, si en la base de la Religión está el dogma, en la base de la Masonería está la duda: la duda es el antídoto contra el dogma, es la cura contra un veneno que tiene por efecto narcotizar el libre pensamiento administrando una verdad conveniente ya revelada, frente a la cual ya no hay que pensar sino sólo creer. El dogma, después de todo, es una respuesta a la fragilidad humana, o más bien a nuestra frangibilidad: somos frangibles, y tenemos miedo. La duda, por otra parte, es la respuesta del Hombre al miedo de caer en la trampa de las verdades fáciles, prêt a porter, disponibles a bajo coste, ya envasadas y listas para su uso como fast-food y, por tanto, con la misma necesidad de ser consumidas rápidamente, antes de que el pensamiento libre pueda despertar del letargo que las cuestiona.

Donde la Religión nos impone «¡Tened Fe!», la Masonería nos exhorta: «¡Ten dudas!»

En nuestro camino de elevación también debemos aprender a rendirnos a la ola de la duda. A veces podemos tener la tentación de sentirnos como si fuéramos árboles; unos árboles magníficos, solemnes, altos, enraizados en certezas sólidas y fuertes que nos permiten elevarnos hacia el cielo y empujar nuestras ramas y nuestras frondas cada vez más alto en busca de la Luz. Y es entonces cuando llegará la duda, como la crecida de un río que ha recogido demasiada agua. Y si la ola no es lo suficientemente fuerte, entonces se derrumbará una presa, y si no lo es de nuevo, un Tsunami golpeará nuestras costas: cuanto más intentemos resistir, más devastadora será la ola que nos arrollará, desarraigando todas las certezas a las que nos aferramos, llevándonos finalmente lejos, hacia nuevos horizontes, hacia un nuevo conocimiento y una nueva Luz.

Porque somos hombres, no árboles. Somos Francmasones, y el nuestro no es un camino que tenga un punto de partida y un punto de llegada, sino un camino cuyo destino es el movimiento y cuya esencia es la transformación, y cuyo fin último no es arraigar nuevas certezas, sino descubrir nueva Luz en los territorios donde la duda nos transporte y donde siempre llamaremos «Hogar» a nuestro Templo, y «Familia» a nuestra Logia.

La duda es coraje, es investigación, es un motor. La duda es el antídoto y la cura.

En mi experiencia de francmasón la duda ha sido también una herramienta, una herramienta cotidiana para mi trabajo, que se ha añadido a una caja de herramientas ya bien equipada que contiene la perpendicular y el nivel, la escuadra y el compás, etcétera. Herramientas que con el tiempo voy aprendiendo a utilizar, siendo consciente incluso en este caso de que a medida que aprendo a usarlas descubro nuevas funcionalidades, nuevos usos, nuevas posibilidades inexploradas y aún por aprender.

Pero la duda es una herramienta diferente de todas las demás, porque no es una herramienta de construcción, sino de destrucción. Y hace muy bien su trabajo, porque es capaz de desmoronar mis ilusiones, mis convicciones cómodas, las proyecciones de mi ego y todas las falsas verdades.

Es una herramienta única en su género, porque sirve para abrir grietas y darse cuenta de que, utilizando las palabras del hermano Leonard Cohen: «Hay una grieta en todo: así es como entra la Luz».

Eso dije yo…

Br∴ E∴ C∴