Ordo ab Chao

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¡Estimado lector en la forma apropiada de saludo!

Quizá no haya ninguna que sea más delicada y tenga más consecuencias que ésta: ORDO AB CHAO, orden a partir del caos. Quedándonos, por el momento, en un ambiente profano, la frase evoca inmediatamente la idea de la necesidad de tener que establecer un conjunto de reglas y procedimientos, de convenciones, que, con referencia a un modelo ideal de justicia, puedan regular todo el campo existencial de los individuos para sacarlos del estado de desorden y ordenar sus vidas y los conflictos en los que naturalmente se ven abocados. Establece por tanto, la necesidad, de dar orden a la vida de las personas, sin excluir ninguno de los ámbitos de actuación en los que se desarrolla. Se puede hablar, por tanto, de un orden social/político, en relación con el modelo organizativo que regula las relaciones entre los ciudadanos y entre las naciones; de un orden económico, basado en el modelo de desarrollo adoptado, y también de un orden religioso, basado en la influencia ejercida por las organizaciones religiosas institucionalizadas, dentro de la esfera colectiva e individual. Pero también la cultura, las modas, las tendencias, los medios de comunicación, todos juntos contribuyen a canalizar el pensamiento de los individuos, de modo que cada uno pueda identificarse dentro de modelos sociales bien definidos. Una de las mayores aspiraciones de la humanidad sigue siendo la de buscar y encontrar un contexto en el que todos los individuos puedan identificarse y en el que puedan expresar libremente su personalidad. El problema se plantea en la identificación de los parámetros, dentro de los cuales todos puedan identificarse efectivamente, y sentirse protegidos y respetados. Como se trata de una utopía descarada, se recurre a un programa de compromiso realista que pueda satisfacer al mayor número posible de individuos (en el mejor de los casos), es decir, que pueda responder a la voluntad del más fuerte y del más capaz de imponerse a los demás, como a menudo, por desgracia, ha sucedido y sucede. El orden, la organización con las ideas e ideologías que lo sustentan, se identifican en el concepto de civilización, del que todo el curso de la historia ofrece numerosos ejemplos: por el contrario podríamos decir que la Historia no es más que la evolución, en el tiempo y en el espacio, de las civilizaciones humanas, de su nacimiento, desarrollo y muerte; de sus interacciones mutuas; de los grandes progresos pero también de las enormes tragedias y males en que se ha visto envuelta la humanidad; por tanto, en extrema síntesis, la Historia es la historia de la evolución e interacción de las ideas de lo que es el orden y la justicia, cuyas características comunes se encuentran en su impermanencia y transitoriedad.

Se comprende así por qué el concepto de orden es tan importante en el pensamiento humano. Por lo tanto, no puede suscitar asombro que incluso una Institución, como el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, haya adoptado como lema identificativo el enunciado ORDO AB CHAO. Pero despejemos inmediatamente el terreno de cualquier posible duda al respecto: el hecho de que la Masonería pueda reconocerse en una enunciación similar, es más, que la señale como su signo distintivo, no significa que quiera convertirse en la proponente de su propio modelo de lo social. Orden político, económico y religioso, para ser llevado a través de sus seguidores en este mundo profano, para que este se ajuste a las ideas masónicas. Esto es lo que piensan los partidarios de la teoría de la conspiración, que ven complots por todas partes y creen que la principal ocupación de la masonería es la de encontrar la manera de doblegar el mundo a su voluntad.

Por ello, me gustaría intentar enmarcar, en una perspectiva más adecuada, lo que la Masonería del Rito Escocés pretende afirmar en este lema, y para ello, no puedo sino adoptar el punto de vista de los iniciados, que, a través de las enseñanzas exotéricas que le pertenecen, es el que mejor caracteriza a la institución masónica. Este enfoque va más allá del análisis de las consecuencias que los fenómenos examinados tienen en el plano material de la existencia aparente, para enfrentarse al vasto campo de la investigación de la naturaleza esencial del ser que se pretende tanto como individuo y como existencia en sí -es decir, como lo que es-, de sus orígenes, o creación, y de su fin último, o salvación. No tengo en absoluto la pretensión de agotar el tema, sino que sólo pretendo alimentar nuestras reflexiones sobre las preguntas que nos haremos acerca de este caso, porque yo también estoy siempre en busca de las posibles respuestas.

ORDO AB CHAO, por tanto, pero un orden de naturaleza diferente, porque no se corresponde con la aceptación de un conjunto de órdenes, leyes, preceptos que regulan nuestra existencia, es la adhesión más o menos espontánea a algo que otros habían provocado, no es el reconocimiento de verdades reveladas, de dogmas inamovibles, el mantenimiento de un statu quo, durante el mayor tiempo posible. Debe ser, en primer lugar, la búsqueda de un orden interior, que sólo puede surgir después de haber creado el silencio en nosotros, después de haber acallado la turbulencia de las pasiones, de las sensaciones, de los deseos y de las angustias, del placer y del dolor. Sólo así podremos sintonizar nuestros sentimientos con el orden superior al que responden todas las manifestaciones cósmicas, visibles e invisibles, y que establece un papel para cada una de ellas. Identificamos este orden con el proyecto de la A. G. de la U., de quien nos convertimos en canales para la realización de su voluntad, pero no en forma de obediencia ciega de una serie de mandamientos, sino como descubrimiento y conocimiento de que lo que siento necesario en mí, lo que responde a mi necesidad interior de orden refleja el suyo propio. No seremos simples ejecutores, sino que crearemos dentro de nosotros y a través de nosotros el diseño de la G. A. de la U. Porque se convertirá en nuestro propio diseño, entonces sabremos lo que es correcto que hagamos, de la misma manera en que un Maestro, naturalmente encuentra su lugar dentro de las columnas.

Se podría objetar que actuar en deferencia a los mandamientos, en lugar de actuar porque sentimos que surgen en nuestro interior, produce los mismos efectos para el objetivo de la salvación del individuo. En última instancia, obedecer es lo que se exige de nosotros, tanto en el ámbito social/político como en el de las religiones institucionalizadas. Sin embargo, hacer algo sólo porque se nos ordena, aunque sea con convicción, porque se considera justo en cualquier caso, conduce a una continua repetición de las mismas cosas, del mismo modo en que la naturaleza propone sus propios ciclos, donde no hay lugar para una evolución, ya que nos devuelve a lo ya dicho, a lo ya hecho. Las religiones también consideran sus verdades como dadas y definitivas, de modo que los acontecimientos que deben conciliarse con ellas y que deben adaptarse a ellas y no viceversa. La creación se considera un hecho cerrado, y el espacio que habitamos ya definido en todos sus aspectos. Para que se produzca un cambio en este contexto, generalmente es necesario que se produzca un acontecimiento traumático, al igual que en la naturaleza toda evolución tiene como efecto una mutación que transforma el equilibrio preexistente. Si en cambio nos liberamos de todo condicionamiento externo para adherirnos a lo que nuestra conciencia siente como necesario para nosotros mismos, de modo que nos ponemos al servicio de un único principio: el de la Verdad, para reproducirlo en nosotros y a través de nosotros en el mundo nos convertimos en hombres libres, capaces de hacer evolucionar nuestros pensamientos en función de lo que cambia a nuestro alrededor, al tiempo que mantenemos vivo, el sustrato del que se nutre nuestra conciencia. El espacio está en continua transformación, en permanente creación, porque en continua evolución, está nuestra capacidad de adquirir conocimiento de nuestra naturaleza real y de la naturaleza real de la G. A. De la U. No es el acto en sí lo que garantiza la salvación, sino el conocimiento implícito del acto, que se expresa en nuestra forma de ser. Es un proceso lento, de sintonía fina, que puede llevar a la identificación entre el sujeto pensante y el objeto pensado, hasta el punto en que el secreto iniciado, será revelado al adepto masón y podrá finalmente afirmar: Yo soy el G. A. de la U.. En esta perspectiva, el objetivo final o la salvación no consiste en encontrarse en un lugar encantado donde uno pueda satisfacer sus deseos, sino, más bien, en la re-unificación y re-integración con la unidad, en la condición de no-separación con la G. A. De la U.

¿Qué nos ha separado, qué nos mantiene divididos en este plano? Muchos responden: el pecado, la desobediencia, el destino, el karma, pero nosotros preferimos responder: la ignorancia, el desconocimiento del designio divino, motivación a la que finalmente podemos conducir las cosas anteriores. Debemos llegar al conocimiento del A. G. De la U., para reproducir el orden que él ha establecido para todas las manifestaciones del ser. Pero, ¿cómo reconocer y reproponer este orden? El grave riesgo inherente a la aproximación knótica a la verdad es el de seguir escuchando y sintonizar uno mismo con las frecuencias de lo que deseamos más intensamente, con lo que, incluso a nivel subconsciente, la influencia de la cultura, de las personas cercanas, del entorno, de las experiencias vitales, nos inducen a reconocer como justo y verdadero. Independientemente de las consideraciones de orden moral, porque no es necesariamente lo que deseamos, representa el mal, en todo caso, las aspiraciones de nuestro espíritu no son la voluntad del G. A. de la U.. es el error cometido por el Demiurgo, que, arrebatado por el deseo de imitar las emanaciones del Padre, ha creado un mundo en el que ha colocado su persona y su deseo en el centro del mismo, superponiendo al mismo tiempo su propia ley a la del Padre. Es fácil caer en un error semejante, y colocarnos, a nuestra vez, como demiurgos que siguen las aspiraciones de su alma, convencidos de que están reproponiendo el orden divino. Superar este filtro y volver al Origen, al Principio ordenador de la existencia, a la matriz de todas las formas, requiere un gran esfuerzo de voluntad para abandonar todo criterio de valor preexistente en nosotros, todo esfuerzo de nuestra razón para reducir las manifestaciones a nuestra capacidad de comprensión, para permitir a nuestra conciencia y a nuestra intuición, la posibilidad de percibir la chispa del mensaje primigenio y reconocernos en él. Es un mensaje que reverbera por todas partes, que anima la materia, que siempre ha sido pero que se renueva y readquiere incesantemente una nueva forma, cada vez que lo reproponemos en nosotros y a través de nosotros, transformando y determinando la realidad que nos rodea. La mente, el pensamiento, influyen en la materia, seamos o no conscientes de ello. Podemos seguir adaptándonos a las leyes de la naturaleza, e influir en su evolución de forma traumática y casual, o, al reconocer la necesidad y finalidad de nuestra existencia en este plano, podemos recurrir a los planos espirituales para reconocernos en el A. G. del proyecto de la U., y llevarlo a cabo. Cuando el Id mecánico deja paso al Id espiritual, el individuo deja de hacer lo que es más probable, para realizar un acto de volición consciente que produce un cambio consciente y finalizado, que vuelve a proponer el acto creador. La clave de la salvación, el fin último de la creación pasa necesariamente por la conciencia de su origen: del Principio.

El enfoque esotérico llevado hasta aquí, se basa en la voluntad del hombre de buscar la Verdad, a través de un conocimiento introspectivo de la propia naturaleza, del microcosmos interno, tal como se encuentra en correspondencia analógica con el universo externo, el macrocosmos. Se basa en la íntima convicción de que la información primordial que ordena todo el universo, está inscrita en nosotros y la poseemos memoria, que debemos hacer subir del nivel subconsciente al consciente lo que somos en este plano es un reflejo de lo que fuimos, y lo que fuimos es lo que podríamos volver a ser de nuevo. No utiliza la lógica como instrumento de investigación, sino que se apoya en la intuición; no deduce, sino que prueba por sí misma; no ejecuta, sino que verifica; no cree, sino que siente en su interior. Se entiende fácilmente cómo un criterio tan subjetivo puede considerarse absolutamente improcedente y poco fiable, porque no se apoya en pruebas que sean objetivas. En otras palabras, no puede compararse con un método científico que ofrezca datos y respuestas ciertas a las preguntas relativas a las leyes de la naturaleza. ¿Pero es así? Me gustaría hacer un breve recorrido por las principales teorías científicas de la física para extraer algunas ideas sobre la representación de la realidad que ofrecen.

1900 – el físico alemán Max Planck, al intentar explicar cómo el campo eléctrico se mantiene en equilibrio dentro de una caja caliente, debe introducir en sus ecuaciones una hipótesis hasta entonces impensable: la energía no es un unicum continuo, sino que viaja en paquetes indivisibles de proporciones definidas y que son proporcionales a la frecuencia (es decir, al color) de las ondas electromagnéticas, que él denomina «cuantos» de energía. En ese momento no podía entender las razones que estaban en la base de este comportamiento de la energía, pero la fórmula funciona.

1905 – un desconocido empleado de la oficina de patentes de Berna, que responde al nombre de Albert Einstein, envía a una revista científica 3 artículos en los que expone igual número de ideas revolucionarias. En el primero demuestra la naturaleza corpuscular de la materia, al tiempo que es capaz de llevar a cabo la medición de las dimensiones del átomo. Al cabo de 2.300 años se demostró la intuición de Demócrito, el filósofo griego que fue el primero en postular la composición atómica de la materia. En el segundo artículo explicaba el efecto fotoeléctrico, es decir, la razón por la que algunos metales, si son bombardeados por un haz de luz, emiten electrones. Es el trabajo por el que recibió el Premio Nobel: para explicar el fenómeno tuvo que confirmar la hipótesis de Plank de que incluso esa onda electromagnética tan particular, que llamamos luz, se divide en «Quanta», en corpúsculos de luz, a los que dio el nombre de fotones. En el tercer artículo ilustró la primera versión de lo que se convertiría en su obra maestra: la Teoría de la Relatividad.

Dos acontecimientos cuyos desarrollos posteriores cambiarían para siempre, no sólo el conocimiento empírico de toda la humanidad, sino también la forma de hacer ciencia y de interpretar la realidad hasta entonces unánimemente aceptada, la mecánica newtoniana, según la cual el universo está constituido por un recipiente llamado espacio, dentro del cual se mueven los cuerpos, atraídos entre sí por una fuerza llamada gravedad, que se transmite instantánea y directamente de uno a otro y que les obliga a abandonar el movimiento lineal. Todo esto ocurre a lo largo del eje de una medida absoluta llamada tiempo, en base a la cual cada acontecimiento puede clasificarse como ocurrido antes o después respecto a los demás. Dentro de la mecánica clásica, dadas las condiciones iniciales de un sistema físico, es posible conocer con precisión sus evoluciones futuras, dentro del espacio y a lo largo del tiempo. Además de la de la gravedad, existe otra fuerza que rige casi todos los fenómenos de la naturaleza: la fuerza electromagnética. Hacia mediados del 1800, se estudia sobre electricidad y magnetismo, e genio visionario llamado Faraday imagina que las fuerzas no pueden transmitirse instantáneamente de un cuerpo a otro, sino que se transmiten y viajan a lo largo de una densa red de «líneas de fuerza» que hoy llamamos «un campo», el cual, al interponerse entre las fuentes eléctricas y magnéticas y las modifica, y de la misma manera se modifica. Pero, ¿son líneas de verdad? ¿Cómo podemos verlos? Basándose en la intuición de Faraday, el gran matemático escocés James C. Maxwell formuló en una serie de ecuaciones la acción de los campos y de la fuerza electromagnética. La primera consecuencia es el descubrimiento de que el magnetismo y la electricidad son dos aspectos de una misma fuerza, lo que explica una serie asombrosa de fenómenos, entre ellos el funcionamiento de los átomos y la forma en que las partículas se mantienen unidas, pero el descubrimiento más hermoso es que las ecuaciones explican qué es la luz. Destacan cómo las líneas de fuerza de Faraday pueden vibrar y ondular como las olas del mar, y que corren a una velocidad que Maxwell calcula ¡y que es igual a la de la luz! Por lo tanto no sólo son reales sino que «vemos» sólo las líneas de Faraday que vibran, y esto no es todo: pueden vibrar con una intensidad diferente y estas frecuencias no son otra cosa que los colores del espectro de la luz visible, pero también pueden producir ondas con frecuencias que nunca se habían visto hasta entonces…. será Hertz quien descubra estas ondas, con las que Marconi construirá la primera radio.

Partiendo de estas premisas, Einstein reformuló por completo la mecánica newtoniana: con la teoría especial de la relatividad de 1905 planteó la hipótesis de que el tiempo y el espacio no son dos dimensiones absolutas e independientes, sino que están conectadas para formar una dimensión llamada espacio-tiempo, que, basándose en el postulado de la constancia de la velocidad de la luz (independientemente de la velocidad de la fuente de emisión y del estado de movimiento del observador), mantiene la validez de las leyes físicas en todos los sistemas de referencia, esto significa que dos observadores en dos sistemas diferentes, en movimiento relativo entre ellos, percibirán, uno respecto del otro, valores diferentes del espacio y del tiempo, lo que permite (para velocidades significativas, próximas a la de la luz) el fenómeno de la contracción del espacio y del tiempo. Los dos observadores no podrán percibir la simultaneidad de los acontecimientos, porque según su velocidad relativa, verán los hechos en tiempos diferentes: no es posible establecer un antes o un después absolutos. Al mismo tiempo tenemos una dilatación de lo que es el tiempo presente, para un observador, igual al tiempo que necesita la luz para transportar la información de un acontecimiento (para un habitante de la Tierra este presente dilatado dura: unos segundos desde la Luna, 15 minutos desde Marte, 2 millones de años desde la constelación de Andrómeda). Nuestra idea de un presente y de una sucesión de acontecimientos sólo se debe a los límites de nuestras percepciones. La tradición esotérica siempre ha sostenido que, cuando nos referimos a la totalidad del ser (¿el universo entero?), no hay por qué hablar de un antes y un después, sino de un eterno presente donde todo está en su contexto. En 1915, tras 10 años de gestación, la teoría de Einstein encuentra su culminación con la formulación de la relatividad general: el último bastión de la mecánica clásica, la relacionada con el espacio y la gravedad. Einstein tiene una gran intuición al comprender que el espacio, no es otra cosa que el campo gravitatorio, que se pliega y curva bajo el efecto de la masa de materia. No estamos inmersos en un recipiente vacío, sino que el espacio, o mejor aún, el espacio-tiempo es como un molusco flexible (es la definición de Einstein) que se deforma por el peso de la materia, y son estas deformaciones las que definen las órbitas de los planetas. Es una simplificación impresionante del mundo: sólo está hecho de campos y partículas, todos elementos materiales que se mueven, ondulan, dilatan y doblan. En esta visión, el espacio-tiempo se alarga y se acorta en función de las masas cercanas: no sólo en relación con las diferentes velocidades relativas de los observadores. La distorsión del tiempo se hace objetiva: fluye más lentamente en la proximidad de las grandes masas, la relatividad general prevé también que el espacio-tiempo no está cerrado sino que se expande y la expansión se originó en la explosión de un universo minúsculo y extremadamente caliente: es el Big Bang. Pocos querían creer, hasta que oyeron el grito de Sofía. Las cosmogonías gnósticas cuentan que el Padre y sus emanaciones vivían en armonía en el Pleroma, esencia de plenitud y unión. Pero el hijo de Sophia intentó imitar la acción creadora del Padre, pero dio vida al mundo de las dualidades y de la división, fuera de la plenitud del Pleroma. Cuando Sofía, el conocimiento, se dio cuenta de que el fruto de su propio vientre había corrompido el orden divino, emitió un grito a la vez de dolor y de esperanza, que debería servir de faro a todos los que quisieran emprender la búsqueda de la unidad perdida, y que aún resuena en el universo. En 1964, los astrónomos estadounidenses Arno Penzias y Robert W. Wilson descubrieron la radiación cósmica de fondo que aún impregna todo el universo. La de Sophia es una metáfora nacida de un saber antiguo, que había captado la esencialidad del orden cósmico. Nos dice que desde el Big. Bang, desde el principio partió una señal, una vibración que es sonido y luz, un mensaje que aún reverbera en toda la creación y que contiene toda la información del orden inicial. Esa información está en toda la materia; está en el espacio y en el tiempo, ambos también materia; está en cada uno de nosotros, que estamos hechos de esa misma materia: una combinación de átomos y partículas que los atanores estelares han destilado, a partir de esa explosión inicial. Es debido a la limitación de nuestros sentidos si no podemos percibir la valencia completa: un observador que, desde el principio, haya viajado a la velocidad de la luz, se encontraría en los bordes de la expansión del espacio-tiempo, y estaría viviendo un presente continuo con la percepción instantánea de todo lo que para el universo ha sido y aún debe ser.

De lo inmensamente grande a lo inmensamente pequeño. Los estudios cuánticos de Plank, llevados a cabo por el físico danés Niels Bohr, y por otros físicos brillantes, que crean una nueva mecánica llamada cuántica, Bohr fue el primero en plantear la hipótesis de que incluso la energía de los electrones estaba «cuantizada», es decir que sólo puede asumir ciertos valores discretos, y que éstos sólo pueden saltar de una a otra de las órbitas atómicas permitidas (saltos cuánticos). En 1925 se produce el cambio: Heisenberg formula las primeras ecuaciones de la mecánica cuántica al plantear la hipótesis de que los electrones no existen siempre, sino que sólo se materializan cuando interactúan con otro sistema, mediante saltos cuánticos, que son los únicos momentos en los que son reales. Entre un salto y otro, cuando nadie interactúa con ellos, no se encuentran en un lugar preciso, y no es posible determinar con exactitud la posición y la velocidad, sino sólo criterios probabilísticos. Ni siquiera es posible establecer con precisión dónde reaparecerá el electrón. La probabilidad sustituye al determinismo clásico. La realidad material no es objetiva, sino que depende de las interacciones entre sujeto y objeto. La mecánica cuántica no describe las características intrínsecas de un sistema físico, sino sólo cómo este sistema físico es percibido por otro sistema físico que, con su interacción, modifica la evolución del primero. La realidad sólo puede percibirse como interacción.

Mientras tanto, se descubren nuevas partículas elementales (neutrinos, quarks, bosones, gluones, positrones), cuya naturaleza describe la mecánica cuántica. En efecto, no son partículas, ni corpúsculos: son los cuantos de energía de los campos respectivos, como el fotón es el cuanto del campo electromagnético. Adoptan la naturaleza de partículas u ondas en función del sistema con el que entran en relación, o mejor, en función de la naturaleza del sistema con el que se relacionan, esperamos que adopten. Para ello, el experimento de la doble rendija resulta esclarecedor. Si hacemos pasar una corriente de electrones o fotones por una rendija, en la pantalla colocada detrás identificamos su naturaleza de partículas. Si la hacemos pasar por dos rendijas sobre el mismo panel, observamos en la pantalla de detrás las típicas interferencias que crean las ondas (como las del mar cuando pasan por un estrecho: pasado éste se superponen e interfieren entre sí). Entonces, si sólo se ha permitido el paso de un electrón o fotón a la vez a través de una sola rendija, observamos de nuevo la naturaleza corpuscular. Pero, y esto es lo extraordinario, el mismo electrón o fotón único disparado contra un panel con dos rendijas, en el panel de detrás ha producido la misma interferencia de onda, ¡como si hubiera pasado por los dos agujeros! Al cambiar la forma en que observamos un acontecimiento físico, cambiamos también la naturaleza del acontecimiento; no sólo la realidad se manifiesta sólo cuando la observamos, es decir, cuando interactuamos con ella, sino que también definimos «la forma de manifestación».

¿Podemos seguir afirmando que la ciencia es sólo exactitud y determinismo, una descripción objetiva de la realidad, mientras que el pensamiento y la conciencia invocados por la tradición esotérica, son sólo fantasías, sin ningún punto de contacto con la realidad objetiva? ¿Qué es real, qué es objetivamente así? El físico James Jeans (1877 – 1946) en el libro «El Universo Misterioso» escribe: «la corriente de la conciencia va hacia una realidad mecánica: el universo empieza a parecerse cada vez más, a un gran pensamiento que a una gran máquina. La mente no parece ser un intruso accidental dentro del reino de la materia (….), sino que debe ser recibida en el creador y gobernador del reino de la materia.

De Broglie fue el primero en plantear la hipótesis de la naturaleza ondulatoria de la materia, hoy universalmente aceptada. Hemos visto cómo oscilan las líneas de fuerza de los campos y cómo las partículas elementales en la base de toda la materia no son más que las vibraciones de los campos respectivos, donde fluctúan continuamente entre existir y no existir. La vibración no es más que un sonido, y toda la tradición cabalística se basa en la suposición de que las letras del alfabeto hebreo están asociadas a vibraciones especiales en la base de la creación y la transformación de la materia. Cada cosa tiene su propio nombre, en el sentido de que corresponde a un sonido/vibración preciso que la ha «llamado a la existencia». Pensemos en el libro del Génesis, donde se dice que Dios condujo a Adán los animales que había modelado para que les diera «un nombre»: de cualquier forma que los llamara, ése habría sido su nombre, de modo que habrían sido el resultado de la vibración correspondiente a su nombre. Para la Cábala, los nombres y las cosas se asemejan a «llamas trémulas» que surgen de una única raíz: el nombre de Dios, que tiene infinitas variantes, pero todas impronunciables.

La visión probabilística de la realidad, tal como la presenta la física cuántica, apela a un orden que subyace a la misma realidad que existe potencialmente en todas las formas posibles, y que luego encuentran su expresión en un orden exterior, fruto de una de las muchas expresiones posibles. Se debe al físico David Bohm la visión de un universo convencional, en el que existe un plano implícito en el que todo es energía pura que contiene toda manifestación potencial. En él se forman las implicaciones, es decir, las instrucciones, el mensaje y la matriz de lo que luego encuentra forma en el orden explícito, que es el fenómeno realidad. La transmisión de información entre un orden implicado y un orden explicado no se produce mediante un paso físico entre dos mundos separados, sino a través de una «resonancia», un «holomovimiento» como él lo define, de modo que toda la información original se transfiere instantáneamente en cualquiera de las diversas formas que se hacen reales.

Una conexión no local, a una velocidad superior a la de la luz (que en la física einsteiniana representa en cambio el límite de velocidad al que pueden viajar) que hoy encuentra una confirmación en el fenómeno del Entrelazamiento. Las partículas del mundo visible para nosotros no son, pues, entidades fragmentadas individualmente, sino extensiones de una única totalidad fundamental; los reflejos emitidos por una sola luz son muchos. Según Bohm, vivimos en un universo in-formado, en el que las manifestaciones en el plano sensorial, por muchas que sean, no son más que el reflejo de una única realidad subyacente. El ejemplo de los peces del acuario es famoso. Supongamos que tenemos dos cámaras de televisión que filman a un pez en un acuario: una de frente y otra de lado. Si nos detenemos en las dos imágenes transmitidas a los dos monitores. Podríamos pensar que se trata de dos peces diferentes, dado el distinto ángulo desde el que los filman las cámaras. En cambio, cuando el pez se mueve, las cámaras transmiten el movimiento instantáneamente, y un observador que ignore la situación real podría pensar que los «dos» peces se mueven simultáneamente cuando en realidad son imágenes diferentes de una única realidad subyacente. El instrumento a disposición de todos los seres, para comprender la Verdad, está dado por la conciencia, que crea un vínculo directo entre el orden implícito y el orden explicado, de modo que el uno pueda reconocerse en el otro, de modo que puedan anular la apariencia para develar el orden real del ser. ¿No te suenan estas afirmaciones?

La teoría de la relatividad general y la teoría cuántica estándar de las partículas. Dos monumentos que han cambiado la percepción del mundo también para la ciencia. Dos teorías construidas sobre ecuaciones matemáticas en base a las cuales se han previsto muchos fenómenos, que han sido probados por los hechos (uno para todos: el descubrimiento del antielectrón o positrón, fue previsto por las fórmulas de Dirac. Un poco más tarde se identificaron dichas partículas: es el descubrimiento de la antimateria). Dos teorías que funcionan. ¿Son, por tanto, exactas? Incluso las fórmulas de Ptolomeo para calcular las órbitas de los planetas funcionan, incluso la fórmula de Newton, y sin embargo sus representaciones de las realidades subyacentes han sido sucesivamente confutadas y sustituidas por otras visiones. El estado de comprensión de la Verdad es, por tanto, un proceso continuo que depende del conocimiento que tengamos de ella. Mientras dicho conocimiento no se extienda a los grados sucesivos, lo que sabemos puede parecer parcial, pero de todos modos verdadero. Quiero decir que en cada época lo que se «creía» como cierto, lo era porque era lo que permitían las capacidades humanas en ese momento. Pero también quiero decir que no podemos creer que conocemos la Verdad por ello, como por desgracia afirman muchas, demasiadas organizaciones de todo tipo. Por eso hay que cultivar la duda, por eso hay que ser tolerantes, que yo lo interpreto como una invitación a que cada uno cultive sus dudas y siga sus intuiciones.

Lo que sabemos es cierto, pero no es la Verdad. La Teoría de la Relatividad General y la Teoría Estándar de las Partículas Cuánticas son ciertas, pero incompatibles entre sí: para Einstein el mundo es un espacio curvo donde todo es continuo. Para la teoría cuántica, el mundo es un espacio plano donde tiemblan los «cuantos», paquetes acabados de energía. La ciencia está haciendo muchos intentos para integrar las dos teorías en una única teoría de todas para la unificación de las fuerzas. Hablamos de la Teoría de Cuerdas, donde prevemos 11 dimensiones (¡las mismas que las Sephirot!), de multiversos, de gravedad cuántica de bucles. Esta última teoría propone una visión interesante. Abandona el espacio continuo y asume la forma formada por cuantos, partículas de gravedad que no están en el espacio, sino que «son» espacio, que se forma, se materializa por su interacción con otras partículas. Pero lo más innovador es que, de las fórmulas, desaparece la variable del tiempo, en el sentido de que el tiempo ya no es un elemento externo del mundo al que se refieren los acontecimientos, sino que nace totalmente dentro del mundo, es también el resultado de la interacción entre partículas. El tiempo nace en el mundo y es funcional al sistema para el que nace. Ya no existe un espacio que contenga el mundo. El tiempo y el espacio no existen, salvo en función de las necesidades de un sistema físico para expresarse en relación con otros sistemas físicos. Una vez más, un mundo hecho de relaciones más que de cosas.

¿Cómo se relaciona todo esto con lo que normalmente nos transmiten nuestros sentidos sobre el paso del tiempo, con la sucesión de los acontecimientos, con la consistencia de la materia y con la misma posibilidad de que, dadas ciertas condiciones, los sistemas evolucionen según leyes deterministas, y no probabilistas, como enseña la física cuántica? La respuesta reside en el concepto de relación. Incluso cuando la tradición esotérica afirma que el tiempo y el espacio no existen, no pretende negar la experiencia de los fenómenos, ni la física dice que cada sistema físico no tenga su propia realidad intrínseca. Más bien pretenden decir que, puesto que todo sistema existe como interacción y relación con otros, con los que entra en relación, y con los que puede entrar en relación. Esto también es cierto para el hombre: es cierto que a nivel subatómico todo es probabilístico y cualquier cosa podría pasar, pero ocurre cuando los sistemas entran en relación con nosotros, y cuando entramos en relación, lo más probable es que nos ocurra lo que nos ocurre, dados los pocos aspectos por los que nos relacionamos. Si pudiéramos entrar en relación con más o incluso con todos los aspectos de un sistema, o de una forma distinta a la actual, entonces podríamos hacerlo de una manera completamente distinta.

Por lo tanto, al decir que la realidad o el tiempo no existen, pretendemos decir que el tiempo y la realidad pueden no ser sólo como los percibimos en nuestro nivel actual de experiencia/conocimiento. Sólo sabemos utilizar una parte del potencial del cerebro humano, al igual que sólo utilizamos una parte de los genes de nuestro ADN, del mismo modo que en el universo existe una forma de energía y de materia, aún hoy llamada oscura, de la que notamos los efectos pero que no hemos sido capaces de identificar. Tomando conciencia de todo ello, podremos alcanzar la capacidad de interactuar con la realidad, fundir nuestra mente con la mente universal y ser capaces de integrarnos con el orden que la rige. ¿Dónde podemos encontrar la energía y la información necesarias para este objetivo? Tal vez la respuesta ya se diera hace más de 2.500 años, cuando un sabio desconocido escribió la exhortación «Nosce te ipsum» en el frontón del templo de Apolo en Delfos.

ORDO AB CHAO. Hemos hecho un rápido examen de muchos aspectos ligados a la tradición esotérica y a la investigación científica, con el riesgo de ser poco organizados y superficiales. Pero en el centro del concepto de Orden, objeto de este seminario, está la necesidad de llevar a una unidad, a una visión unitaria y homogénea, todos los aspectos que contribuyen a definir nuestra percepción de la realidad, de la Verdad, para captar su esencia más íntima. Aunque las vías y los campos de mejora sean múltiples, nunca debemos perder de vista la finalidad del conjunto. De lo contrario, corremos el riesgo de volvernos como los técnicos que, después de haber desmontado una radio para ver todas las piezas, se preguntan dónde ha ido a parar la música …… Esto es lo que trata de promover la Masonería a través de los trabajos de la Logia: poner en común las experiencias y las sensibilidades de cada Hermano para poder unir lo que está separado, en el camino hacia la luz que nos une.

Eso dije yo…

B∴ A∴ T∴